La primera ministra mujer de Japón, pero no en el ring de sumo. Sanae Takaichi, esta nueva primera ministra, se negó a subir al "dohyō" del sumo. Este lugar, durante siglos, ha sido un espacio prohibido para las mujeres. ¿Por qué? Ella dice que no se trata de un problema de igualdad de género. Es una tradición japonesa. Una tradición que debe ser valorada y protegida. Por eso, eligió que un hombre la reemplazara en la ceremonia de entrega del "Trofeo del Primer Ministro del Gabinete". Un fenómeno muy interesante. Los progresistas occidentales, al ver esto, probablemente se indignarán de nuevo. Dirán que esto es discriminación, opresión y atraso. Pero la lógica de Takaichi es muy simple. La cultura de un país, sus raíces, sus tradiciones, ¿por qué deben ser definidas y juzgadas por un conjunto externo de valores? ¿Las reglas de una sociedad deben ser decididas por un consenso cultural interno, o deben someterse a un estándar global unificado? Esa es la verdadera cuestión. ¿Lo que Takaichi está protegiendo es solo el dohyō del sumo? O, en realidad, está defendiendo el poder de un país para definir su propia cultura. Cuando todas las culturas se vuelven iguales y cumplen con algún "estándar universal", ¿el mundo será más interesante o más aburrido? Este asunto, probablemente, merece más reflexión que el propio tema de género.
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La primera ministra mujer de Japón, pero no en el ring de sumo. Sanae Takaichi, esta nueva primera ministra, se negó a subir al "dohyō" del sumo. Este lugar, durante siglos, ha sido un espacio prohibido para las mujeres. ¿Por qué? Ella dice que no se trata de un problema de igualdad de género. Es una tradición japonesa. Una tradición que debe ser valorada y protegida. Por eso, eligió que un hombre la reemplazara en la ceremonia de entrega del "Trofeo del Primer Ministro del Gabinete". Un fenómeno muy interesante. Los progresistas occidentales, al ver esto, probablemente se indignarán de nuevo. Dirán que esto es discriminación, opresión y atraso. Pero la lógica de Takaichi es muy simple. La cultura de un país, sus raíces, sus tradiciones, ¿por qué deben ser definidas y juzgadas por un conjunto externo de valores? ¿Las reglas de una sociedad deben ser decididas por un consenso cultural interno, o deben someterse a un estándar global unificado? Esa es la verdadera cuestión. ¿Lo que Takaichi está protegiendo es solo el dohyō del sumo? O, en realidad, está defendiendo el poder de un país para definir su propia cultura. Cuando todas las culturas se vuelven iguales y cumplen con algún "estándar universal", ¿el mundo será más interesante o más aburrido? Este asunto, probablemente, merece más reflexión que el propio tema de género.