Acabo de leerme un análisis bastante interesante sobre el margen que realmente tiene el Gobierno argentino para bajar impuestos. Y la verdad es que la historia es más compleja de lo que parece a primera vista.



Milei viene hablando fuerte sobre una reforma fiscal integral, con todo el discurso de que necesitan menos impuestos para que el sistema tributario sirva al crecimiento. Pero cuando uno mete las manos en los números, se da cuenta de que hay restricciones bastante serias. El Ejecutivo tiene que mantener el superávit primario en 1,5% del PBI —eso es una meta clave con el FMI— y acá es donde empieza el problema real.

En febrero recién pasado, la recaudación tributaria cayó por séptima vez consecutiva en términos reales. Hablamos de una baja de 9,7% interanual. Si excluís los tributos vinculados al comercio exterior, la caída llega casi al 7,8%. Eso pinta un escenario donde el margen de maniobra fiscal es más estrecho de lo que suena en los discursos.

Lo que pocos entienden es que la reforma fiscal que pueden impulsar desde Nación está bastante limitada. Los impuestos más importantes —Ganancias e IVA— son coparticipables, lo que significa que cualquier cambio necesita consenso con las provincias. En el primer trimestre de 2025 estos dos tributos explicaban el 81,1% de la recaudación total. Cuando intentaron meter una baja de alícuotas en Ganancias para sociedades en la reforma laboral, los gobernadores pusieron el grito en el cielo. El impacto fiscal era de 0,22% del PBI, unos 1,9 billones de pesos. Resultado: sacaron esa medida del proyecto.

Hay dos impuestos que los especialistas señalan como realmente distorsivos. Primero, el impuesto sobre Ingresos Brutos —ese que es prácticamente la columna vertebral de las provincias, representando el 78% de su recaudación propia. Segundo, el impuesto al Cheque, que pesa alrededor de 1,7% del PBI. Ambos tienen efecto cascada brutal en la economía, pero sacarlos o reducirlos de verdad requiere compensaciones importantes.

Lo interesante es que el Gobierno ya metió algunos cambios en la reforma laboral: eliminaron gravámenes internos sobre telefonía, seguros y automóviles. Y según estimaciones, van a reducir los tributos nacionales de 45 a 37 para 2028. Pero acá estamos hablando de impuestos de baja recaudación, no de los que mueven la aguja.

Sobre los Derechos de Exportación para el agro, que Milei quiere seguir bajando, el punto es que no son coparticipables —van 100% a la Nación—. Pero cualquier reducción implica buscar ingresos sustitutos o cortar más gasto. Después de que extinguieron el Impuesto PAIS a fines de 2024, el margen se achicó aún más.

Los especialistas consultados coinciden en que si hay espacio fiscal, las medidas más viables serían simplificación administrativa más que reducciones de alícuotas directas. Aumentar umbrales de retención, aliviar la potestad de la ARCA de cobrar impuestos por adelantado, reducir regímenes de percepción. Todo eso sin tocar los números que comprometan el superávit.

La realidad es que una reforma fiscal de verdad en Argentina choca contra dos paredes: la necesidad de mantener el equilibrio fiscal y las negociaciones federales con provincias que dependen de esos recursos. No es imposible avanzar, pero será gradual, selectivo y probablemente enfocado en tributos de menor peso o en simplificación burocrática. El Gobierno tiene herramientas, pero no tantas como el discurso sugiere.
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